Diplomático y espía, Jorge Dezcallar

Jorge Dezcallar, diplomático de profesión y de vocación que ejerció como servidor público en diversos cargos, entre ellos los de Embajador en Estados Unidos, El Vaticano y Marruecos, publicó hace poco más de un año un libro autobiográfico “Valió la pena” que se puede calificar de honesto, lo cual no es poco. Probablemente se ha hecho más famoso entre la profesión periodística, y menos entre los ciudadanos corrientes, por dos años al frente del CNI, el Centro Nacional de Inteligencia con dos hechos importantísimos, la transformación del antiguo CESID en el nuevo CNI y los atentados de Atocha. En el libro, Dezcallar habla de sus experiencias como Embajador y como jefe del CNI, aunque de esto último no se podía esperar demasiada información, desde luego. Da la impresión de un diplomático con una sólida preparación y de un funcionario que podríamos llamar “de transición” que alguien debió pensar, con acierto, que era el hombre adecuado para dirigir el CNI en una etapa complicada como era la de reforma. Dezcallar mismo habla de la opinión que de él tenía Felipe González, según José Bono, como inadecuado, por decirlo elegantemente, para el cargo de director del CNI. Pero el caso es que por lo que parece, Dezcallar hizo un buen trabajo en la época de transformación de un centro de Inteligencia todavía bajo sospecha a una organización moderna, bajo el control civil y plenamente integrada en el Estado democrático. Dezcallar tiene ese modo de expresarse y probablemente de andar por la vida, que recuerda a esos diplomáticos ingleses que después de servir al país en los momentos más trágicos, las guerras coloniales o las mundiales, se retiraban a sus posesiones en el campo, como unos jubilados más, con la satisfacción del deber cumplido. ¿Son así los diplomáticos? O mejor todavía, ¿son así los diplomáticos españoles? Jorge Dezcallar opina que sí y los sitúa, de paso a él mismo, como la esencia de las relaciones internacionales, por encima de los “políticos de turno” (la frase es de él) y lo interesante es que da pruebas, al menos desde su punto de vista, de la miopía, la ignorancia y el provincianismo de presidentes y ministros españoles. A mi entender da en el clavo cuando les llama “monóglotas” pues muchas veces yo mismo y compañeros con más conocimiento que yo han criticado la expresión de “no enterarse de nada” de algunos presidentes de nuestros gobiernos en reuniones internacionales donde se hablaba en inglés, francés o alemán. No digamos en chino o ruso. Llama la atención en el relato de Dezcallar la toma de decisiones de política exterior sin reflexión, sin ningún sentido de Estado y a veces sin sentido común. Y ello sin dejar de lado que presidentes de Gobierno o ministros deben seguir los mandatos del Parlamento o del pueblo, pero por favor, con sentido común y sin perder la buena educación. Lo triste es que tiene razón y la altura de los políticos españoles desde la desaparición de Fraga Iribarne, Santiago Carrillo, Tarradellas o Jordi Solé Tura ha hecho caer en picado su nivel, de uno u otro bando. En definitiva, un buen libro para conocer una época interesante de la vida española pero sobre todo para saber cómo funciona el mundo cuando aquí nos estamos mirando el ombligo, “Dezcallar dixit“.

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