El imperio de la vigilancia

Está claro que leer a Ignacio Ramonet es siempre interesante, pero en el caso de “El Imperio de la Vigilancia”, la lectura resulta también inquietante. La tesis principal del libro es que el Estado, cualquier Estado, sea este democrático o no, nos vigila, nos vigila todo el tiempo y se inmiscuye en nuestra vida privada a todas horas, sin un motivo concreto que nos afecte como individuos y sin respetar las normas democráticas, de libertad individual y de separación de poderes que definen nuestros estados. ¿Es así tal y como lo expone Ramonet? Para no pecar de ingenuos o de desinformados la respuesta es sí, se nos vigila, y en el libro está suficientemente demostrado y probado. Claro que, esa no es la cuestión.  La función de los poderes públicos, siempre lo he dicho, no es defender a los ciudadanos, sino defender el sistema, lo que quiere decir que los poderes públicos no perseguirán con la misma saña a los grandes defraudadores, banqueros o corruptos que a aquellos que se atrevan a cuestionar el sistema, parados, rebeldes varios, anarquistas u okupas.

Esto lo sabe todo el mundo y el que no lo sepa más vale que empiece a estudiar. Ahora bien, lo que Ramonet plantea, no es darnos una clase práctica de cómo nos controlan desde el grupo llamado GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft), sino que “El imperio de la vigilancia” plantea la cuestión de si aceptamos o no que ese entramado estatal-empresarial se inmiscuya en nuestra vida privada para, supuestamente, vigilar nuestra propia seguridad. Datos como que en Londres hay una cámara de vigilancia por cada siete habitantes pone un poco los pelos de punta y el conocimiento, reconocido por quien corresponde, que nuestras conversaciones telefónicas, emails, páginas visitadas en la red o incluso lo que vemos en la televisión es un libro abierto y se comercializa o se usa para otros fines, es algo que debemos valorar si nos preocupa o no. ¿Se trata de la lucha contra el terrorismo?, no, por favor, no es eso; daría risa la pregunta si no fuera porque el peligro de que nos atropelle un camión conducido por un chiflado es muy real.

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