Terrorismo. Disección de la barbarie

Desde aquel 11 de septiembre de 2001, el término “terrorismo” ha dado un salto cualitativo convirtiéndose en una categoría política que ha tomado el lugar de lo que en otro momento se llamó “guerra fría”. Es ni más ni menos que el leitmotiv político que parece mover las relaciones internacionales, el trabajo de los servicios de Inteligencia y la preocupación de una gran parte de la población, al menos de los países occidentales. De eso trata el excelente “Terrorismo. Disección de la barbarie” de Joan Antón-Mellón publicado en Tibidabo Ediciones, de situar en su justo contexto lo que llamamos terrorismo indagando en sus orígenes, sus motivaciones y sobre todo en los medios para neutralizarlo. De entrada, el autor intenta desligar algo profundamente arraigado en estos momentos, que Islam y terrorismo es la misma cosa, como si en “un libro escrito en el siglo VII” estuvieran las claves de un fenómeno que es postmoderno y fruto de la situación política, económica y social del momento. Para empezar, la definición de “terrorismo”, la sitúa Antón-Mellón en ese limbo de los intereses del sistema, “lo que para unos es terrorismo para otros es guerra de liberación” y amplía y sitúa lo que llamamos terrorismo, como acción política, que se conoció ya en el siglo XIX coincidiendo con el “invento” de los nacionalismo. El terrorismo es pues un modo de acción política, violento, patrimonio del Estado o de organizaciones no estatales que lo utilizan como un medio de llegar a un fin, sea este fin la nación, la religión, la revolución, la conservación del estatus o cualquier otro objetivo. Hay un par de detalles que a mi modo de ver hacen el estudio sumamente clarificador, uno de ellos es una de las tesis de partido, “no es que los islamistas se radicalicen, es que los radicales se islamizan”, o lo que es lo mismo, que jóvenes marginados, anónimos, sin futuro y sin una vida plena encuentran en una parte del Islam una justificación a su odio, su rabia y su violencia que tiene otros orígenes. Otro detalle interesante, a mi entender, es el de evitar el juicio “personal” del individuo que comete una atrocidad. Cualquiera puede ser un terrorista y no es necesario ahondar en las motivaciones personales. Hay que huir, siguiendo a Hannah Arendt, del recurso fácil de decir “está loco”, “es un psicópata” o cosa semejante porque eso es no entender nada. Finalmente, el modo de luchar contra el terrorismo está ligado a la llamada Pirámide Galtung, es decir, que la violencia terrorista que aflora, es sólo la punta visible, debajo hay  todo un iceberg de violencia social, política y económica.

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